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viernes, 14 de diciembre de 2012

CUENTO DE FRANK RUFFINO: © LA MARCA





© LA MARCA

Los viernes nunca trajeron en mi existencia cosas halagüeñas. Rememorando las desgracias que he sufrido, puedo asegurar han acaecido todas en este aciago día personal, y, en efecto, según la creencia popular, más ominoso en fecha 13. En esta fatídica combinación, paradójicamente, nada negativo le ha pasado a este mortal por lo que resulta todo más misterioso aún.

Así fue la mañana de un viernes cualquiera, bajo inclemente chubasco, casi sin actividad humana por las calles, excepto alguno que otro perro sin amo escampando bajo las salientes de los comercios, cerrados aún a esta tierna y convulsa hora. Fortuitamente, me veo detenido involuntariamente cerca del templo, en una acera por la que transito hacia el mercado buena parte de los días. Al querer recoger una moneda, acto tan cotidiano y sin trascendencia, apareció, de súbito, el chamán, quedando los dos en postura ridícula, semejante de dos jugadores de futbol ante un fotógrafo. Abrazándome, y en claro ademán de no dejarme continuar la ruta, sujetó con fuerza mi mano derecha abierta contra el suelo verdecido, húmedo y duro, donde por arte de magia ya no estaba la chapa metálica de dos pesos que intentaba recoger. Con rapidez de pistolero, extrajo de su morral de cuero una especie de bolillo de marimba, y sin mayor dilación comenzó a percutir los nudillos de mis dedos con una soltura que alertaba ser parte de su oficio o arte místico. Obtenía una música seca, de hueso, ¡mis propios huesos! pero sonora, cadenciosa y primitiva, algo que ya añoraba por estos días de descompases ruidosos y sin tino...

-Amagamagavama, amagamagavama, amagamagavama… -fue la única palabra dicha siempre tres veces, algún sortilegio mágico que le escuché a este pequeño hombre.

A la desconcertante, inusitada y extraña escena no le encontraba propósito alguno. Pensando terminar con tan odiosa situación, propia de un tonto sueño o una absurda broma moderna de cámara escondida, dirigí mi atención hacia el lado oeste de la acera buscando situar la fachada café de la vieja edificación de mampostería que es el expendio popular de frutas, verduras, carnes y especias, cien metros más allá, el primer establecimiento que abría a las cinco. En vez de apreciar este lugar, había interpuestas entre mi objetivo y yo, a unos cinco metros, dos raras mujeres observándonos cogidas del brazo, de vestidos negros hasta poco más por debajo de sus rodillas, medias y zapatos sencillos del mismo color. Asumí de tal guisa venían paseando, siendo muy justificado detenerse a contemplar aquel acto circense y sin aparente sentido, causa de la reserva de acercarse a nosotros o simplemente continuar vadeándonos por la calle. Sin embargo, en pocos segundos descubrí en sus ojos algo muy ominoso. Intuí en un santiamén que aquella música propiciaba nos evitaran, salvador y proverbial sonido, a todas luces un escudo invisible infranqueable para las aparecidas. Y helas ahí postradas, apacibles, enigmáticas, infundiendo un pavor inaudito y exhibiendo una desconcertarte seguridad en sí mismas como si fueran dueñas de la situación, mas bajo un propósito oscuro y siniestro que ya iba develando mi conciencia.

En esa coyuntura de trance, me recordaron el fugaz viaje de infancia a La Mancha, a conocer a la abuela paterna Rita, siempre de negro de pies a cabeza. Producía muy mala espina sus ceñidos rebozos, extensiones de sus atuendos de viudas negras y, valga decir, mortales, cuyas almas de frío acero visualicé como insondables simas por donde caían inexorablemente desde siempre miríadas de seres. A esta altura de episodio tan poco común, pero que fue paulatinamente tornándose lógico y más trágico, las determiné gemelas idénticas: yacía ante la horrida presencia de la Muerte por partida doble, visitante muchas veces en mis pesadillas más lejanas. Experimenté de nuevo súbito escalofrío...

De niño, en esta comarca lluviosa y de viento demencial durante la mayor parte del año, llegaba ella recurrentemente como un bulto negro a la cocina de nuestra derruida casa de tablones casi negros por acción de los hongos, a falta de no haber conocido nunca la pintura. La estufa de leña de albo y grueso latón esmaltado con frutas pintadas, con sus calderos humeantes del rico alimento canario: el potaje, la ropa vieja o la sopa de ajo, y, en momentos que parecían eternidades, la Parca forcejaba con la pobre, pero decidida María Rosa, mi madre, quien siempre lograba arrebatarle al hijo de sus huesudos y pérfidos brazos de ladrona tras una presa fácil.

Agolpados todos estos poco satisfactorios pensamientos, ya no escuchando pródigamente la clara y firme voz de mi buena María contra su poderosa contendiente, el chamán intensificó la música golpeando frenéticamente con el palo las partes más duras de mis cinco dedos y mirándome al rostro sin pausa, tratando de conjurar un inmenso peligro cernido sobre este ateo y escéptico sin par…

-Amagamagavama, amagamagavama, amagamagavama…

Bajo toda aquella algarabía del indio, miré con necedad y creciente temor a esta suerte de embusteras aliadas de Satanás, temiendo que si las perdía de vista o se detenía esta música en franco pie de guerra, caerían inmisericordes como aves carroñeras sobre mi humanidad.

El dúo de señoras aparentaba a lo sumo sesenta años, de rostros blancos, cortos y redondos, con sus mentones algo pronunciados pero sin llegar a ser disonantes en el resto de sus fisonomías firmes y aún lozanas, bien conservadas, ojos azules, y algunos cabellos rubios y plateados escapados de sus intimidantes rebozos; de mediana estatura y un poco corpulentas sin perder el delicado contorno de cuerpos aún de cierto interés y atracción para cualquier varón.

Había devenido todo en un penetrante y combativo asedio ocular de dos contra dos, un pulso de voluntades, literalmente entre la vida y la muerte. La situación, efectivamente, desembocó de tal manera en un pandemónium, la ejecución marcial de este ente espiritual materializado, su denodado afán de defenderme a toda costa de La Calaca reflejada en un espejo… Guerras espirituales, por lo general cortas e intensas, como las otrora ya citadas por este ser, siempre con intención eterna de aferrarse a la vida.

-Amagamagavama, amagamagavama, amagamagavama…

Al lograr ahora ver hacia mi destino, objetivo de aquella mañana, tuve una visión más general del panorama: la explosión y las subsecuentes llamas, buena parte del camión ganadero empotrado en la construcción, el acre y ferroso olor a sangre, a carne quemada, a gasolina, algunos toros como tizones vivos y enloquecidos corriendo por doquier embistiendo a los pocos transeúntes que ya, lo mismo que yo, entraban o salían del mercado; la insistencia del chamán por detener mis pasos por solo unos minutos, los precisos para vivirla y contarla…
Las peligrosas damas dibujaron al unísono leve sonrisa de cinismo y una expresión que leí y reconocí inequívocamente en sus rostros, profiriendo a ritmo de canto y en perfecta armonía de cuervos de una macabra carpa, que despliegan ante los horrorizados espectadores el mismo numerito bajo un discurso maldito:

-Se salvó por esta vez, pero volveré… volveremos y seremos legión, una de nosotras brotando en cada célula de tu cuerpo, y no habrá más intervención de chamán aguafiestas, ni madre, ya de por sí en nuestras filas, ni libélulas, abejas o morphos, ni ningún can o ángel que de seguido nos salen al paso en tu auxilio. Promesa cumplida a todos, sin excepción. Vive y canta pobre mortal, que toda existencia por más alta, bella, rica o digna que sea, es efímera e inútil, y patético el deseo humano de burlarnos. Vendrá la hora en que en tu horizonte la luz tornará en abrumadora oscuridad, cada palmo de él será un murciélago, y desde dentro, como termitas, devoraremos al fin ese cuerpo viejo y desarmado, todavía tontamente celebrado por tantas, del que te ufanas mostrando por doquier esa ingenua quijada con mueca de eterna. Hasta tal día. Firmamos. - Y acabaron su perorata intimidante, pero que sabía significada una certeza como la vida misma. Los ambiguos bultos, ahora derrotados, enflaquecidos, trémulos, transfigurados en esqueletos, y sendas espeluznantes calaveras que dejaban ver sus rebozos, se agacharon en medio de la calzada de pavimento y cada una trazó, con el hueso del dedo índice transformado para tales efectos en carbón, una raya diagonal que formó una equis. (En este mediodía de sábado, con sumo horror, he vuelto a ver ese grafiti, símbolo de anulación hecho exclusivamente para torturarme cada vez que pase por aquí, única vía entre mi hogar y el mercado del pueblo, que a un día del siniestro luce como en sus mejores tiempos).

-Amagamagavama, amagamagavama, amagamagavama…

Las dos mujeres de negro al fin terminaron de cruzar la calle difuminándose como un humo antes de posar pie en la otra acera, frente al centenario palacete blanco de la familia Jenkins. Al unísono de este volverse felizmente en otro estado la materia que odiaba y temía, la música y la palabra protectora y bendita se atenuaron paulatinamente, reinó el silencio coincidiendo perfectamente con la desaparición del ya querido indígena místico y poderoso.

Desperté sobresaltado boca abajo, sudando copiosamente. Un dolor penetrante taladraba los nudillos de mi miembro derecho, que presionaba insistentemente contra el respaldar de madera del antiguo camón de cedro, golpeando a puñetazos la cabecera del lecho que poco antes llegué a temer fuera el tope de mi propio ataúd.

***

© La Marca, título general del libro de cuentos inéditos de Frank Ruffino. También se han publicado por aquí y en mi bitácora internacional de poesía “Poeta Frank Ruffino”, “Con el Diablo no se hacen tratos”, “Un mal día” y “La fuga cuántica” (Cuentos que titulé "Poniéndole los cuernos a la poesía").

Ilustración de esta publicación:

Lienzo: "Mujeres de negro" del pintor José Antonio Estirado.

Nota del autor: Hace una semana tuve esta pesadilla: le he sacado algo positivo haciéndola cuento. Lo publico casi por lo mismo: siento siempre La Parca me tiene a mecate corto, por eso no los hago esperar para leer "La marca" ("y otros cuentos") que publicaré próximo año en libro si hay dinero, si hay vida.
— con Nora Badilla y 48 personas más.

11 comentarios:

Ise Herrera S. dijo...

Como todo en su vida Ruffino: excitante. Sin embargo, creo, escritores como usted no son de huesos largos por esa tensión tan descomunal a la que son sometidos los grandes creadores.

Beso,
Ilse Herrera S.

FRANK RUFFINO dijo...

Estimada Ilse:

Pues me halaga aunque no creo sea de tal envergadura: soy solo un "cuervo", algo mucho más pequeño que esos "albatros" de la literatura.

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank Ruffino

Wílliam Venegas dijo...

Frank, buen poeta de la antipoesía, vendré luego a marcar "La Marca", quiero leerlo con calma.

Ah, le digo de paso, la niña Pochita le dejó un mensaje en mi blog, debieras ir a leerlo y contestárselo, pienso yo.

FRANK RUFFINO dijo...

Vale camarada William!

Abrazos,
Frank.

Jorge Donato dijo...

Eres un excelente escritor amigo Frank. Hace ya algún tiempo que te sigo y leo, y en esta categoría del relato, tus letras se expanden tan hondo y cobran tanta fuerza que convierte la lectura en un auténtico placer. Ya me contarás cuando publicas pues me interesa saber como puedo acceder a tu obra.
La Santa compaña que espere. La parca que aparque la guadaña y se sacuda el sayo roñoso de ceniza, pues tus sueños y pesadillas transpiran emociones que sabiamente has de seguir por mucho convirtiendo en grandes relatos.
Abrazos amigo, y mi sincero deseo que en las próximas festividades- como así después de ellas-la vida te sonría. Como creo que se dice en tu hermosa tierra Pura Vida.

FRANK RUFFINO dijo...

Estimadísimo camarada Jorge Donato:

Un gran halago recibir tus buenas palabras acerca de este humilde relato de un sueño.

Así es: pura vida!

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank Ruffino

Bellas imágenes dijo...

Blog "Centinela del sendero" de nuestro amigo Jorge Donato.

Marisa dijo...

Querido Frank una oscura pesadilla
como para despertar en sudores.
La parca que se tome su tiempo
y que la luz nos ilumine el camino
lo que falta de este año y todos los días del venidero 2013.

Un abrazo enorme

FRANK RUFFINO dijo...

Gracias estimadísima poetisa Marisa.

Feliz Año Nuevo,

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank Ruffino

Wílliam Venegas dijo...

Un cuento es eso: contar algo, desarrollar una narración: lo importante son los acontecimientos con su desarrollo y la presencia de personajes también en desarrollo.

Esa es exactamente la debilidad sustancial de su cuento: el predominio del lenguaje sobre el acontecimiento, el poco desarrollo o proceso de dicho acontecimiento (de algo que sucede y sucede). Está bien escrito y mejor puntuado, pero me resulta como una película donde los efectos visuales se imponen al desarrollo de una historia.

Frank, igual, creo que usted, en un cuento, debe liberarse más del lenguaje que lo caracteriza en las poesías. Las palabras deben contar cosas más que expresar sentimientos (evitar la intromisión del narrador; en poesía, en cambio, sí hay un yo lírico). Hay detalles, por ejemplo, usted escribe: "bajo inclemente chubasco", muy de poema, en lugar de "bajo un chubasco inclemente"; vea la importancia el artículo y el cambio con el lugar del adjetivo.

Al no haber exactamente una narración, nunca encontré un clímax propiamente dicho que, en un cuento de esta extensión, debe manifestarse; aunque corta usted muy bien hacia una conclusión como punto de giro: el sueño.
Se me ocurre que usted ha logrado un manejo tal del lenguaje poético, que este lo traiciona cuando pasa a la prosa narrativa. Nada que usted no logre superar. Lo sé. Con aprecio.

FRANK RUFFINO dijo...

Gracias camarada por tu excelente juicio de este cuento poético. Jajaja! Atiendo sus recomendaciones con humildad! Estás en lo cierto: cuando no me sale un poema queda en "narración".

Abrazos fraternos en Amistad y Poesía verdaderas,

Frank Ruffino

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